Muchas personas que por distintos motivos se acercan a la Reflexología Podal se topan, para su sorpresa, consigo mismas. En bastantes casos es la primera vez que se recogen en sí mismas y las reacciones son tan diversas como diversas somos todas: hay quienes se sorprenden gratamente, quienes se asustan un poco, quienes insisten porque quieren pero no pueden (todavía), quienes se entregan, quienes no vuelven (no es su momento), quienes repiten una y otra vez con gran curiosidad, quienes suspiran «¡por fin!»…

Todas ellas tienen en común una inquietud indefinida, una intuición de no se sabe qué, una especie de interrogante por responder, algo difuso que no pueden concretar pero que les mueve. De alguna manera, captan que las pastillas alivian pero no curan y que por detrás de los síntomas, tan múltiples y variados, hay algo más: ¿qué será?.

La Reflexología Podal, tal y como yo la practico, no tiene nada que darte o añadirte, su única función consiste en recordarle a tu organismo cómo era aquello de estar en profunda y poderosa calma. En calma todo fluye más armónicamente, todos los síntomas se alivian: sea lo que fuere… ya no duele tanto.

¿Conocéis esas bolas de cristal que al moverlas y luego dejarlas quietas se va posando la nieve poco a poco?, pues éste es el efecto de la Reflexología Podal: permite que cada órgano y cada sistema corporal deje de agitarse en vano y se vaya posando poco a poco, vaya encontrando su lugar y ejerza su función sin forzarse, sin sufrir. Nuestro cuerpo en este caso arrastra a nuestra mente y a nuestra emoción: nos calmamos, por lo tanto nos sentimos mejor.

Externamente nada ha cambiado, sin embargo, ya no estoy tan estresada, ni tan preocupada, ni tan, ni tan…

Después de una buena sesión de Reflexología Podal nos reseteamos, volvemos a fluir, a… sonreir :-).

#Reflexología #Podal: tu aliada, tu amiga, siempre a tu favor.